Al igual que en otros aspectos de la salud, la boca también marca algunas diferencias entre hombres y mujeres que los especialistas tenemos en cuenta.

Pese a que, en apariencia, los dos sexos contamos con una boca similar, su evolución es diferente a lo largo de los años, tanto por cuestiones anatómicas y fisiológicas como por hábitos de vida. Entre ellas, la disparidad en el diámetro de los dientes, que es mayor en el caso de los varones, lo que tiene sus implicaciones a la hora de sustituir piezas dentales.

Por otra parte, diferentes estudios constatan que el sexo masculino es menos cuidadoso con sus hábitos de higiene. Mientras las mujeres se cepillan dos o tres veces al día, muchos hombres reconocen que lo hacen como mucho una vez al día y, además, de manera menos rigurosa.

El hábito tiene como consecuencia que el riesgo de infecciones y enfermedades periodontales (de las encías) sea superior entre los varones. Sin embargo, los cambios hormonales y las crecientes exigencias de la vida para la población femenina (debido a factores como la incorporación al mercado laboral o la conciliación familiar), provocan, por ejemplo, que la incidencia de las caries se mayor para las mujeres.

Esto se traduce en un incremento de la pérdida de dientes y la necesidad de aplicar terapias de sustitución, como las prótesis removibles o los implantes.

Asimismo, como ya hemos señalado en otros artículos, circunstancias como el embarazo o, posteriormente, la menopausia, aceleran en muchos casos el deterioro de la salud bucal de la mujer, aunque paradójicamente se cuide más la boca.

En cuanto a los implantes, el propio hecho de que, según muestra la estadística, a partir de mediana edad ellas pierdan más piezas dentales, lleva a que también requieran los tratamientos de implantología en mayor medida.

Aunque los especialistas no distinguimos entre hombres y mujeres al fijar los criterios del tratamiento, sí se detecta que las segundas dan más importancia a los aspectos estéticos.

Además, suelen mostrarse más dispuestas a abordar terapias complejas que impliquen un mayor esfuerzo por parte del paciente y supongan una transformación más visible de la cavidad bucal.

Los varones, por el contrario, hacen bueno el tópico de que no son muy proclives a acudir al odontólogo salvo cuando no queda otro remedio. Su actitud ante el tratamiento es más conservadora y anteponen los beneficios funcionales a los estéticos.

No obstante, este patrón de conducta está cambiando paulatinamente, tal como ocurre en otros ámbitos de la salud y de la estética, sobre todo si pensamos en pacientes menores de cuarenta años.

De todos modos, no debemos olvidar que el grueso de las personas que recurren a la implantología supera los cincuenta años, edad en la que es más habitual la pérdida de dientes. En esa franja, todavía hoy los varones dan menos importancia a la imagen física.

Más allá de las diferencias, desde la perspectiva del profesional, el abordaje es el mismo. Una vez identificados los problemas de salud tras el diagnóstico, se propone el tratamiento más adecuado, que tiene en cuenta tanto los aspectos singulares de la fisiología masculina o femenina como las expectativas del individuo.

Dichas expectativas, más o menos realistas o alineadas con el diagnóstico, nunca deben primar sobre el dictamen experto, sea por defecto o por exceso. Salvo excepciones, en todo tratamiento dental hay varias alternativas para resolver el problema de salud. Pero en ningún caso resulta aceptable pensar que la condición de varón o mujer, y sus preferencias personales en razón de su sexo, marquen la pauta, como por desgracia ocurre a veces en otro tipo de especialidades médicas.